Miro las gotas caer. Lentamente. Parecen muchas, pero si prestás atención, y no te dejás engañar por lo que quieren mostrar, vas a ver que son realmente pocas. La gente de París no parece preocuparse por ellas. Caminan con el mismo miedo en la mirada que hace años. Las madres toman a sus hijos fuerte de la mano, se escucha el resonar de los pequeños tacos en los adoquines de las calles, ahora húmedas. De vez en cuando algún que otro automóvil dobla en la curva abierta de la esquina, y pasa frente a mi casa de manera casi silenciosa, como si no quisiese despertar sospechas.
Tengo el sombrero puesto todavía. No sé por qué. ¿Será que acabo de regresar o planeaba ir? Mi codo está levemente húmedo, parece que apoyarse sobre la ventana víctima de la lluvia nocturna no fue una muy buena idea; pero aun así no me importa. Una sorpresiva sonrisa inundó mi rostro. Puedo ver mis ojos brillar a la luz tenue de la mañana nubosa. Mi mentón está suavemente apoyado sobre la palma de mi mano, como sesenta y siete años después sigo haciendo. Mi mente es una con la vida, y eso me hace feliz.
Imagino el repicar de las gotas sobre el Sena. Siempre gusté de observarlas. La lluvia no me ha parecido jamás una maldición, al contrario: desdibuja la grotesca idea de la desdicha y la saña humana desmedida. Esa saña que ensordece el pasar de los coches, y enfría hasta el cariño innato de las madres. El miedo no se ha ido, aunque cada noche cierro los ojos pensando que al despertar el mundo volverá a ser una red, aquella que era hace un tiempo.
No pienso perder un segundo más sin disfrutar este brebaje celestial sobre mí. Corro hacia la cercana puerta de mi habitación. Una triste y desolada jaula de mis sueños de Naturaleza. La desvencijada armadura de madera cruje triste y envidiosa al verme pasar, pero nada puede destruir mi alegría de este martes. Las escaleras se hacen eco de sus crujidos, y se quejan de mi velocidad al pasar.
El frío penetra hasta los rieles de mi ser, pero hoy emano un calor distinto. Una tibieza que hace tiempo no recorría las aceras parisinas. Miro fijamente la gota que oscila indecisa en el zaguán: eso es, calor humano, eso es lo que es. Sonrío nuevamente, y me veo en la obligación divina de contagiar a las calles de París con él. Las calles se muestran entusiasmadas. La gente me mira a los ojos, aceptando implícitamente que detrás de esa rapidez de miedo, de ese pan solitario que se mece en la cuna de sus brazos, (segura, aferrada), se esconde nada más y nada menos que el mismo candor que el mío.
Me siento uno, especial por ser uno. Ni la flaqueza, ni las estrellas amarillas que bordan insultantemente los pechos de los más desgraciados, ni el hambre del niño aquel, ni la mirada perdida del indeciso en ideas me hacen flaquear. Hoy, luego de varias Lunas en el cielo, puedo afirmar que he redescubierto el amor por mi origen, la fugacidad peligrosa que encierra una gota estrellándose sobre mi sobretodo. Y no dejo de sonreír. Escucho su historia, su delirio de la magia que representa saberse igual a su hermana que ahora disfruta su osado viaje hacia el Sena.
Y tal cual lo imaginaba, el río no detuvo sus aguas. Ni el hambre ni el silencio pudieron detenerlas, y corren con más fuerza que nunca jamás. La melodía de la lluvia invade mi oír. Y cantan, llorando de alegría, sus cánticos de paz. Y la miseria se funde entre arpegios y bemoles. El suave piano repiquetea hasta en el rincón más recóndito de mi triste París. Vuelvo a mirar al cielo. Una sonrisa divina me susurra a los ojos. Es la verdad, es el misterio más sencillo para resolver, pero parece haber bípedos que acaban por morir, grises, sin solucionarlo: somos partes de ti.
Y vuelvo a cerrar los ojos deseando que el amor acabe su encierro. Me aferro nuevamente a mi almohada. Las gotas dejaron de acariciar las tejas solitarias. Sonrío: el amor siempre está, el amor no se rinde, y el vivir lo prueba.
sábado 7 de agosto de 2010
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